El permiso de estar

Al regresar a Londres después de seis años fuera del país, tenía los sentimientos encontrados, con diferentes expectativas y temores, sabiendo que no solamente las cosas habrían cambiado, sino que yo había cambiado también. El reencuentro siempre iba a ser una experiencia intensa. Las “comunidades” del trabajo, de mis amigos, de mi iglesia no serían las mismas, en muchas instancias iba a tener que empezar de nuevo, de buscar nuevos espacios y nuevos amigos.

El primer domingo que estuve en el país fui a mi iglesia. Es una congregación diversa, con muchas personas mayores de edad –los que conozco desde hace muchos años-, y jóvenes que recién están asistiendo, y que tienen una visión de la iglesia como un agente de transformación dentro de la sociedad.

Al acercarme me puse un poco nervioso, en parte porque había dado cuenta unos cinco segundos previos de que ahora los cultos empiezan una media hora más temprano que antes, y de que iba a llegar a la mitad del servicio. También tuve varias inquietudes, ¿Me reconocerán? ¿Todavía me sentiré parte de la familia? ¿Cómo será mi nueva comunidad?

Durante el culto tuve el tiempo de observar a todos, intentando recordar sus nombres, con la ligera impresión de que al menos la mitad de las señoras mayores de 60 años se llamaba Janet o Joyce. Me di cuenta de quiénes no estuvieron, hasta algunos que habían muerto. Con algunas personas nos intercambiamos unas pequeñas sonrisas y guiños.  

En el momento de la Santa Cena me acerqué al pastor, que recién hace dos años está encargado de la iglesia (no nos habíamos conocido antes). Antes de darme el pan, se detuvo para preguntarme mi nombre, y allí nos presentamos y nos pusimos a conversar un rato. Fue un momento especial, un momento de encuentro, de valorarme y de mostrar que hay un lugar allí para mí. Fue un momento para recordar que el pacto entre Dios y su pueblo no es un pacto solamente con individuos, sino con la comunidad.

El pan y el vino en comunidad

El pan y el vino en comunidad

Después del culto, las Joyce y las Janet, todas del Caribe o del África, me acercaron para darme un abrazo fuerte y decirme: “¡Bienvenido! ¡Bienvenido! ¡Casi has vuelto tan negro como nosotras!”. No sabía qué decir, pero sentí mucha alegría en verlas, mujeres fieles que han asistido a la iglesia durante veinte, treinta, hasta cuarenta años, que han asegurado la continuidad de la comunidad en este lugar. Estos abrazos espontáneos de reencuentro cruzan fronteras, culturas y costumbres.

Una chica nueva me acercó también para decirme: “Hola, no te conozco, pero he visto tu foto en el corcho. Bienvenido de nuevo a casa”. Un amigo que había conocido una vez desde hace dos años, me invitó a su casa para almorzar, mirar la final del campeonato de tenis de Wimbledon y conocer a otras personas de la iglesia.

Al final de la tarde, sentí que realmente había vuelto. Una comunidad de personas que apenas me conocía, me había acogida, me había bendecida. Pude celebrar dentro de en mi propia cultura los valores de solidaridad y de comunidad que tanto había experimentado en América Latina.

La siguiente semana uno de los grupos de la iglesia me invitó a compartir mis experiencias del Perú y, después de mostrarlos las fotos, hablar de las experiencias, la gente, el trabajo y los desafíos, todos oraron por mí. Sentí como si me recibieran de nuevo entre ellos, fue como un rito de regreso. También fue como si me dieran el “permiso” de simplemente “estar” un tiempo con ellos, de acompañarlos, de formar parte de la comunidad.

Su comunidad y mi antigua comunidad habian llegado a ser nuestra comunidad.

8 de agosto del 2009

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2 comentarios to “El permiso de estar”

  1. Mario Mercedes Says:

    Cuando uno sale de su país ¿se va realmente? Y cuando regresa ¿regresamos realmente? Parece que ni nos vamos ni regresamos. Tengo la impresión nunca nos hemos ido en realidad porque el “estar”, no es geográfico necesariamente. Estamos en otro país, pero nuestro corazón está con los nuestros y cuando regresamos nos llevamos la gente nueva que hemos conocido, sus costumbres, sus sonrisas, sus nombres. Nos vamos sin irnos y regresamos sin volver, pero diferentes, llenos de historias nuevas que contar y experiencias ricas que compartir.

  2. Henrycha Says:

    Sabes Graham, cuando yo vuelvo a mi casa (a 8 horas de Ayacucho), siento lo mismo, debe ser normal ello, pero a mi me pasa el mismo sentimiento cada vez que regreso a Casa, ¿eso sera normal?, generalmente voy cada 6 meses y me quedo apenas unos 2 o tres días, la mayoría de mis amigos nos están, o si están andan muy ocupados (la mayoría están casados y con hijos).

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