Soy un pobre padre de familia

Cada día enfrentamos la pobreza, no solamente por medio de los periódicos o la televisión, sino en las personas con las que nos interactuamos en la calle.

 

La mamá con su bebé pidiendo limosna; el niño lustrabotas, sucio e insistente, a veces chistoso o grosero; los niños y niñas, señores y señoras -padres de familia-, a bordo los buses, buscando recaudar fondos suficientes para mantener el hogar; los músicos y cantantes en los restaurantes; el hombre “recién asaltado” que enseña a todo el mundo sus heridas; los vendedores esperando a los semáforos –con libros de autoayuda, periódicos, lapiceros gigantes, juguetes de plástico, marcianos, afiches de las plazas de armas de distintas ciudades del Perú, etc.; el payaso con cara pintada y senos de globos; las señoras fuera del mercado y el cine con sus bandejas de cigarrillos, dulces y chicle, para mencionar sólo algunos.

Niños lustrabotas

Niños lustrabotas

 Cada uno nos ofrece algo, solicita nuestra colaboración, y, en los casos más desafortunados donde no hay ningún producto para vender, simplemente nos pide una monedita, apelando a nuestros valores de solidaridad y compasión. 

No se puede negar que las necesidades también existen en Europa, y cuando vivía en Londres me encontraba en muchas ocasiones con personas en la calle simplemente pidiendo limosnas; sin embargo, en Lima la atención es más constante y la realidad más evidente, lo cual necesita una reflexión y práctica más considerada.

 

Cada encuentro demanda una reacción de nuestra parte, y nos da una oportunidad.

 

No necesito más caramelos

Al encontrarnos con una de las personas mencionadas arriba, de menudo, hay una variedad de pensamientos que pasan por la cabeza a la velocidad de la luz, una sería de justificaciones personales de porqué no apoyar en este momento.

 

No tengo tiempo, me he hecho tarde. Me voy a enfermar (ver recién reportaje sobre los marcianos). No necesito más caramelos. Me está engañando, va a utilizar el dinero para comprar drogas o alcohol. Va a dar el dinero a otra persona que le está explotando. Me va a robar. Mis zapatos son suficientemente limpios. Estoy con otra persona que no quiere parar. Ayudarle no va a resolver los problemas del mundo. Mi sencillo no está accesible. Ya compré de otro vendedor en la mañana. No es una cuestión de vida o muerte y que seguramente otros les van a dar algo…

 

Tengo que confesar que he tenido que lidiar con muchos de estos pensamientos en varios momentos.

 

Más tardecita, señito

Lo más triste es que el resultado, muchas veces, es que en lugar de enfrentar los temores, incomodidades, hasta prejuicios, preferimos hacernos de la vista gorda y pasar de largo. Ignoramos la persona que quiere entrar por un momento en nuestra vida, y seguimos en nuestra burbuja de seguridad, aislándonos más aún. Nos sentimos mal un momentito y luego nos pasa.

 

Si es necesario dar una respuesta, intentamos hacerla de la forma más aceptable, sin decir “no” de frente: “más tarde”, “no tengo sencillo”, “estoy apurado”, hasta “más tardecita, señito” – intentando apaciguarla con algunas palabras cariñosas. 

 

Hace un tiempo me di cuenta que había optado esa actitud automática de negar apoyo a cualquier que me lo pedía. Había llegado a ser el “no, señor” de la película de Jim Carey, cerrando mis ojos y mi corazón a esas personas. Al admitir eso, decidí que tenía que empezar a cambiar la situación, que era una contradicción trabajar por los derechos humanos a nivel de cambios políticos, proyectos y procesos legales, pero ignorar las personas de carne y hueso que se presentaban cada día.

 

Es un largo proceso que todavía tiene para rato, pero abajo comparto unas reflexiones y experiencias que me han ayudado en el camino.

 

Oportunidad de apoyar

Es cierto que unos están por engañar a la gente, o que van a utilizar su dinero para las drogas o el alcohol; sin embargo, pienso que de las personas mencionadas arriba, en un 99 por ciento de los casos están allí por simple necesidad, y eso les pone en una situación de vulnerabilidad. En general no son para engañar, robar, defraudar, etc., sino trabajan en la calle para intentar sobrevivir de manera honesta, por lo cual a veces tienen que tomar cualquiera opción que se les presenta.

 

¿Quién soy yo para negarles esa oportunidad, teniendo la posibilidad de apoyarles?, ¿quién soy yo para tratarles de manera que pueda afectar su dignidad?

 

En segundo lugar, cualquier inconveniente que me puede causar (buscar sencillo en todos los bolsillos, detenerme unos momentos, sentarme para que limpien mis zapatos, gastar 50 centavos en algo que no mi sirve), es insignificante y vale la pena. La mayoría de nosotros tenemos el tiempo disponible, el dinero para apoyar.  A veces he pasado la persona en la calle y unos pasos más tarde he decidido que ¡sí, quiero dar algo! Luego he entrado en el conflicto de que si regreso ahora es un poco incómodo, como si fuera indeciso, que no quisiera apoyar, etc. Antes dejaba la oportunidad hasta otra ocasión, ahora la mayoría de las veces sigo el impulso y regreso.

Vendedora

Vendedora

 Comprar de un vendedor en la calle también contribuye hasta cierto punto a una redistribución –aún mínima- de los recursos. Si compramos una gaseosa del cine o del supermercado, esos establecimientos ganan un porcentaje del costo, pero si lo compramos de alguien en la calle, ese vendedor gana siguiera unos centavos que, multiplicado por todas las ventas, le ayudará a recaudar suficiente para cubrir las necesidades básicas de la vida.

Oportunidad de encuentro

Quizá lo más importante, es que nos da la oportunidad de encuentro en una vida (y una ciudad como Lima) donde prima el asilamiento, el desencuentro y la confrontación. La posibilidad de detenernos –por voluntad propia- nos abre diferentes posibilidades de interacción con personas las que normalmente no trataríamos. Nos pone en una situación de vulnerabilidad también, porque son personas de diferentes estratos sociales, experiencias y vidas, pero eso nos da la posibilidad de nuevas experiencias.

 

Interactuamos con ellos como seres humanos con dignidad y con sueños, no solamente como personas con necesidades. La mujer con su bandeja de dulces fuera del cine que espera poner un negocio, los músicos que quieren proveer para sus hijos en casa, los niños que quieren seguir estudiando en un instituto.

 

También, hay la posibilidad de ayudarles a fortalecer o recuperar su dignidad y auto estima, que se ven tan afectados por la vida de la calle y el desprecio con la cual muchas personas están tratadas. El otro día nuestro taxi paró en un semáforo donde un niño estaba haciendo malabarismos con tres pelotas. Le dimos una moneda y allí entramos en una conversación:

       ¿Sabes hacerlo con cinco?

       No, señor, pero si sé con cuatro (nos enseña).

       Muy bien, pero la próxima vez quiero verte con cinco…

 

No le soluciona los problemas que tiene, pero le da un momento de interacción y la oportunidad de mostrar sus habilidades recibir una atención y que quizá no tenga el resto del día.

 

Un añadido a todo eso es que en el proceso nos sentimos mejor. ¿Quién ha arrepentido de apoyar a alguien en la calle?, ¿de comprar caramelos?, ¿de regalar una moneda a un niño con hambre? Como Amelia en la película del mismo nombre, cuando ayuda a una anciana a cruzar la calle, nos sentimos mejor, más vivo, nos alegra el espíritu. No es la razón para hacerlo, pero es un beneficio adicional que no podemos pasar por alto.

 

No pretendo tener todas las respuestas, ni que vamos a detenernos con cada persona que nos acerca, pero sí creo que es un reto para cada uno de aprovechar las oportunidades de encuentro que nos presentan cada día, desde de nuestra posición de privilegio, pero al mismo tiempo de necesidad y vulnerabilidad.

 

18 de febrero del 2009

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4 comentarios to “Soy un pobre padre de familia”

  1. érika Says:

    Donde no hay compasión, no puede haber justicia. Aurelius Augustinus Hipponensis y yo.

  2. chichy Says:

    felicidades, me gusto mucho amigo …sigue adelante amigo…

  3. Elena García L Says:

    Conmovedor tu cometario, y si estoy deacuerdo, de que las personas comunes y corrientes con pequeños y simples actos como el de comprara un caramelo a los niños de la calle puedes ayudarles aunque sea un poquito, como ellos dicen 20 centavoms no nos van a llevar a la pobreza y tampoco a ellosa la riqueza, pero puede ser la diferenciade que ellos puedan comer ese dia.
    braco amigo creo que deberias escribir otro libro relacionado a este tema
    un abrazo bye

  4. Jaqui Says:

    Por un momento, pensé que la paternidad había tocado tu puerta… jejeje.
    Tu entrada llama mucho mi atención precisamente porque estoy vinculada a la temática del trabajo de la niñez peruana, con la enorme presión política que hay de por medio, pero también con historias personales y sociales que desconocía. Me enorgullece sobremanera la existencia de la organización de niños y adolescentes trabajadores en todo el país y su constante afán por defender y promover los derechos de toda la infancia peruana, que nace de la solidaridad y el compañerismo que hay entre unos y otros. Estos chicos son unos tromes, realmente, y aprendo un montón de ellos; por eso me alegra mucho que te refieras a la interacción como puntos de encuentro, oportunidades de ser vulnerables mutuamente.
    ¡Abrazos y felicitaciones!

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