Eso te pasa por andar con gringas

El año 2008 ha sido para mí “el año de los robos”, porque me han robado cuatro veces, experiencia en contraste con mis primeros cinco años en el Perú, cuando no me robaron -ni intentaron robarme- ni una sola vez. Abajo comparto unas experiencias que me han pasado, pero también una reflexión de cómo esas puede afectar las actitudes diarias que tenemos hacia gente desconocida y las tentaciones de hacer cambios drásticos en la vida diaria para evitar situaciones de potencial vulnerabilidad.

 

Espero solamente ofender las sensibilidades de Aldo Mariátegui.

 

Robo 1

El primero robo se realizó el Jueves Santo, en Ayacucho, una de las ciudades más bonitas del Perú. Fui a la Plaza de Armas con una amiga alemana que recién había llegado de viaje. Había tomado unas fotos de las coloridas y variadas alfombras alrededor del “Parque”, y estuve tomando otras de la procesión de varios santos que recién estaba conociendo. Unos minutos más tarde me di cuenta que un bolsillo de mi casaca estaba abierto y mi monedero estaba en manos de otro. Perdí mi carnet de extranjería, mi tarjeta de banco y unos cuentos soles. En seguida, anulé mi tarjeta de banco, me sentí algo fastidiado, pero resolví que el acontecimiento no iba a malograr mis vacaciones.

 

Robo 2

Dos días después, fuimos un grupo de peruanos y extranjeros (todos rubios menos yo, y con un promedio de un metro setenta de altura) a un concierto en el Mirador de Acuchimay. Max Castro había terminado de tocar “Tu amor no vale nada”, la noche había llegado y empezamos a bajar la cuesta hacia la ciudad. Estaba preocupado por mi cámara y quería guardarla en el hotel, pero en un momento de descuido dos hombres cruzaron mi camino y se llevaron mi cámara con ellos. ¡Segunda vez en tres días!

La Plaza de Armas, Ayacucho

Plaza de Armas, Ayacucho. Haz click para ver más fotos

  Los peruanos que estaban conmigo, tenían un profundo sentido de vergüenza, se sentían realmente apenados, furiosos, hasta responsables por la desgracia que le había pasado a un “invitado” en su país. Unos tenían un sentido de culpa por no haberlo previsto o prevenido. Era una muestra de empatía colectiva frente a un acto que agrede a una persona, además de afectar la imagen de su país.

 

Yo me sentí tonto, y no podía creer que hubiera permitido que me pasara otra vez, y en tan poco tiempo. Lo que mi dio pena más que todo fue la pérdida de las fotos de las alfombras, que hasta ahora no he visto de manera comparable en otro lugar.

 

Luego, el lunes en la oficina, un poco humillado, conté lo que me había pasado, y una amiga me reclamó: “ya ves, eso te pasa por andar con gringas”.

 

Robo 3

Un mes más tarde –un domingo de abril- estaba en Lima en una cabina de internet cerca de mi casa. Me encontraba dentro de una cabina privada con la puerta cerrada, hablando por skype con mis padres, cuando de repente mi bolsa salió de la cabina por su propia voluntad y un muchacho corrió a toda velocidad hacia un auto que afuera le esperaba.

 

Al salir de mi cabina la chica que atendía me explicó que el muchacho había dicho que era mi chofer y que me estaba esperando, por eso le permitía estar dentro del local. Tengo que reconocer su creatividad, es una pena que no la use mejor.

         

Avenida Bolivar, Lima

Avenida Bolivar, Lima

 El único contenido de la bolsa era una Biblia (bilingüe) y unos boletines de la iglesia, por lo cual guardaba la ligera esperanza de que el ladrón reconociera su pecado, se arrepintiera y devolviera la Biblia a la iglesia. Hasta la fecha tengo que confesar que mi esperanza ha disminuido un poco.

De todas maneras fui a la policía para denunciar el robo, no tanto con la esperanza de recuperar mi Biblia, sino para que consideraran vigilar la cabina de internet y prevenir semejantes robos a otras personas. Al recibir la denuncia, el oficial de turno me dijo:

    “Al menos fue solamente tu Biblia. Hay varios extranjeros que vienen acá, que han perdido sus documentos de identidad, sus tarjetas bancarias y sus cámaras.”

 

Robo 4

El cuarto robo me pasó en noviembre, y solamente he compartido la historia con unos pocos, debido al nivel de vergüenza que me causó, y el sentido de responsabilidad que sentí. 

 

Como parte de mis salidas sabatinas para tomar fotos en diferentes lugares de Lima, decidí que ya era tiempo de ir al puerto de Chorrillos. Invité a dos amigas norteamericanas que recién habían llegado unas semanas antes al Perú. Después de un tiempo en el puerto, mirando los barcos y caminando por la playa, subimos hacia la cruz para tener una vista panorámica de la ciudad.

 

Llegamos a la cima y, después de casi media hora, vimos a dos tipos desde lejos, que habían subido detrás nuestro. Para no entrar en detalles, suficiente es decir que empezamos a bajar corriendo por otro camino y uno de los muchachos nos siguió a toda velocidad. Volteé una vez y todavía lo veía lejos. La segunda vez que volteé estaba a apenas veinte metros. Paré en el camino, calculando que iba a perder todo -mi celular, mi cámara, mis documentos y mi dinero-, sin embargo (creo le llaman adrenalina) lo enfrenté y la conversación se desarrolló más o menos así:

       ¿Qué quieres?

       Plata, m**rda, plata

       No hay (reacción instintiva, ¿por qué me habrá salido?)

       Dame tu plata, m**rda

       No hay

       Dáme tu plata, m**rda, o te mato (agarrando una piedra del tamaño de un tarro de leche).

 

Reaccioné y de inmediato saqué mi monedero de mi bolsillo y le di todos los billetes que tenía. “¡Ahora, lárgate!”, le grité con toda mi fuerza a su espalda mientras él desaparecía por otro camino. Un acto final de impotencia y orgullo.

 

En el último caso, creo que yo había llegado a ser un poco relajado en cuanto a los posibles peligros en Lima, sobre todo para un extranjero (o un grupo de extranjeros, altos, colorados, rubios, etc.).

 Al bajarnos de la cima, recién me di cuenta de la magnitud de la situación, y nos quedamos asustados un buen tiempo, al mismo tiempo dando gracias a Dios que nada peor nos había pasado. El sentido de culpa por haber permitido que las dos voluntarias estuvieran es esa situación quedó conmigo unas semanas, y creo que hasta ahora no ha desaparecido por completo. Quizá, porque no quiero que les pase nada, y no quisiera que tengan una opinión negativa basada en una mala experiencia en lo que ha llegado a ser mi país.

De todas esas experiencias, ¿qué puedo aprender?

Unas reflexiones

En parte era una reacción en contra de los que ven ladrones en cada esquina y que siempre te dicen “!cuidado!, ¡no vayas por allí!, ¡te van a robar!”. No se puede negar que el Perú, y sobre todo Lima, tiene cierta fama de robos y asaltos, y que uno puede leer diariamente en los periódicos de lamentable actos de violencia. Reconozco que los robos contra mi no me han causado daños físicos ni emocionales, y que la situación podría haber sido mucho peor, sobre todo para las chicas. También, sé que peores cosas han pasado a mis amigos peruanos y extranjeros, tanto en el Perú como en otros países.

 

Es cierto que es importante cuidarse de situaciones de peligro; sin embargo, pienso que no se debe permitir que unos potenciales riesgos o malas experiencias definan o restrinjan la vida.

 

Varios voluntarios extranjeros que conozco han recibido una capacitación antes de venir al Perú, en la cual se pinta a cada peruano en la calle como un potencial ladrón, se les prohíbe salir solos y se les condena a una vida de paranoia y de casa. Andan siempre pensando en protegerse de los demás, lo cual limita las posibilidades de una interacción genuina, de nuevas experiencias y de formación de amistades. Hasta es posible llegar a sospechar de los niños en la calle, los vendedores de las combis, y las personas que se acercan para ofrecer direcciones o buscar una breve conversación con un extranjero.

 

En cambio, pienso que -sin negar los riegos y la existencia de un grupo de personas que quieren aprovecharse de los extranjeros- es importante dar a cada persona el beneficio de la duda, y tratar a todos con respeto y dignidad.

 

Hace unos años, en Londres, mi compañero de casa y yo, invitamos a un joven de la calle a quedarse con nosotros en casa una noche, pues no tenía dónde dormir. En horas de la madrugada se escapó llevando consigo varios de nuestras cosas. ¿Fue ingenuo de nuestra parte haberle invitado? Puede ser, sin embargo, en esa ocasión decidí que no iba a permitir que una mala experiencia limite las posibilidades de acercarme a personas en necesidad, y que no iba a desconfiar de entrada en desconocidos, ni llegar a sospechar de engañosa a cualquier persona que pida apoyo. Hasta que más adelante invitamos a otros chicos de la calle a quedarse la noche, sin mayores problemas (¡pero esas veces sí acordamos echar llave a la puerta!).

 

Si uno muestra confianza en una persona, muchas veces esa persona devuelve el gesto y se muestra merecida de esa confianza. Sin embargo, si uno muestra desconfianza a cada persona nueva que se encuentre en el camino, esas personas a menudo reciprocan esa desconfianza, y a veces intentan aprovecharse de la situación.

 

Un robo, o un conjunto de robos, no debe cambiar la perspectiva que uno tiene de un lugar, un país, un grupo de personas, o de seres humanos en general. Por cada robo que he mencionado arriba, puedo contar cientos de actos de generosidad, bondad, hospitalidad y preocupación de las personas conocidas y desconocidas en el Perú. La actitud por lo general del peruano es la de preocuparse por los visitantes en su país, y de vergüenza cuando otro paisano intenta aprovecharse de una situación de vulnerabilidad.

 

Por otro lado, es importante reconocer que muchas personas que roban o cometen delitos vienen de situaciones de violencia, pobreza, exclusión y de familias disfuncionales. Eso de ninguna manera justifica sus acciones, -porque cada persona debe tomar responsabilidad por sus propia vida- pero nos impulsa a encontrar una respuesta que no simplemente les condena como delincuentes, sino que busca cómo trabajar en todos niveles para construir una sociedad más justa e inclusiva.

 

Espero nunca llegar a desconfiar como estilo de vida, pero tampoco exponerme o exponer a mis amigos a riesgos que se pueden evitar.


17 de enero del 2009

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5 comentarios to “Eso te pasa por andar con gringas”

  1. cronicasdelakombi Says:

    yo creo saber quien te dijo: “eso te pasa por salir con gringas…” jaja tienes razon… no importa si nuestras buenas acciones no son pagadas con la misma moneda, que eso no sea motivo para dejar de hacerlas. Sigue escribiendo y no dejes mucho tiempo en post y post! – Daniel

  2. Elena García L Says:

    Querido amigo primero para decirte que me siento un poco culpable por estas ultimas experiencias que cuentas, no tanto por tus perdidas, sino porque de la manera como las narras me hacen reir. Y bueno amigo a estas hora del partido ya deberias saber que ser “gringo” en Perú es casi sinonimo de tener dinero y objetos de valor, son una tentacion enorme para los Robertos (ladrones) asi que se mas precavido y nunca mas se te ocuirra enfrentarte a los delincuentes, pues los objetos y el dinero se pueden volver a conseguir, ¡pero no otro Graham¡ …. cuidate

  3. Wilfredo Ardito Says:

    Estimado Graham,
    casi a ningún conocido mío le han robado, pero en muchos casos hay un componente de ostentación de la víctima, desde una camioneta súperficha hasta joyas u otras tonteras. Lamentablemente, en el Perú ser gringo es sinónimo de ostentación… y también ir al Morro Solar me parece casi un suicidio.
    En la guía que preparé para vivir en Lima pongo algunas advertencias, tanto contra los robos, como contra la paranoia. Conozco muchos extranjeros que se aislan de todos los que no son como ellos y no conocen nada del Perú.

  4. Esther Says:

    Hi Graham
    Oh what a shame – 4 times in one year, that is unfortunate. I like your reflections at the end, that we cannot let experiences like this limit us from exploring and discovering new places and people. You are right to remember the countless other occasions on which you were shown great kindness, hospitality and generosity and let these encounters define your time in Lima.

  5. edgar Says:

    hola, he leido lo que ta ha pasado en el 2008…yo soy limeño y a veces tambien salgo a caminar y hacer compras en el centro de Lima solo; he llevado camaras y dinero….mi sugerencia es que no lleves nada (dinero, celular, camara digital etc) que haga bulto en los bolsillos del pantalon…eso llama la atencion de los ladrones. Yo llevo mis cosas en mi mochila negra (dentro, no en los compartimentos exteriores)…es dificil que adivinen que tienes dentro de una mochila comun y corriente por mas que seas turista, ademas es mas dificil despojar a una persona su mochila que una camara colgada de la mano o una billetera del bolsillo de un pantalon….solo recuerda que la mochila nunca debe separarse de ti…esa es la clave. Para terminar no vayas a sitios donde los mismos limeños no irian nunca…

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