La hora peruana

 Hace dos semanas llegué a una reunión con cinco minutos de retraso. Ligeramente preocupado porque se me había hecho tarde, pasé a la sala que estaba vacía, y un par de minutos después entró la anfitriona: “¡la puntualidad inglesa!”, exclamó, casi echándome la culpa por haber llegado a la hora indicada. ¿Cuándo voy a aprender?

 

Antes de continuar –y posiblemente de ofender a todos-, es importante recalcar que en el Perú hay un grupo de actividades que sí empieza a la hora. Son aquellas del sector de entretenimiento, como el cine y el teatro; actividades religiosas como las misas o los cultos; y la mayoría de las salidas de los buses interprovinciales y los vuelos.

 

En lo que concierne a lo demás, en el Perú hay una relación especial con el tiempo, una relación fluida, que el artista y filósofo Salvador Dalí ha logrado captar en sus esculturas de relojes blandos, que actualmente se encuentran exhibiendo en el Museo de Arte Italiano de Lima. La leyenda nos dice:

  

“Los relojes blandos manifiestan una realidad más completa en donde lo racional o lo duro se fusiona con la emergencia del interior psíquico o blando”.

dali-31

Reloj Blando de Salvador Dali, Museo de Arte Italiano, Lima.

 

Esa realidad se expresa en su forma más clara en cuanto a la puntualidad como hábito nacional, como expresión de la psique colectiva. Es cierto que, a nivel de discurso, todos reconocen que la impuntualidad es un problema. Incluso, en el mes de marzo del 2007 se lanzó la famosa campaña “Perú: la hora sin demora”, que iba a continuar hasta julio esperando que para las Fiestas Patrias ya estuviera instalado el hábito de la puntualidad. Como es sabido, la campaña empezó tarde y cayó en el olvido.

 

Vivimos y coexistimos con una impuntualidad planificada, aceptada y uno simplemente debe entenderla y adecuarse a sus códigos y costumbres. Pensar en cambiarla es vivir en las nubes.

 

Por ejemplo, hace dos meses hubo un campeonato de fulbito que no me quería perder. Nos habían citado a las 9:00 a.m. y, con toda la sabiduría acumulada durante los cinco años en el Perú, calculé que podríamos llegar a las 9:30 a.m. para registrarnos, y que posiblemente el primer partido no empezaría hasta las 10:00 a.m. Mi compañero de casa estaba convencido de que no había tanto apuro. Llegamos a las 9:50 a.m. y ni los organizadores habían aparecido. Media hora más tarde empezaron a presentarse uno por uno, con toda la tranquilidad del mundo, explicando que la noche anterior habían decidido que el campeonato empezaría sino a las 11:00 a.m. Habían separado la cancha todo el día; entonces, ¿para qué el apuro? Tranquilo no más. Recién a las 11:15 a.m. llegó el capitán de nuestro equipo porque tuvo que comprar su short en el camino. “¿Ya empezó?”, me preguntó, sorprendido.

 

Igualmente, la impuntualidad permea la planificación de eventos. La semana pasada organizamos un seminario y se citó a los invitados a las 9:00 a.m., calculando que el programa debía empezar a las 9:30 a.m. o 9:40 a.m. como máximo. Los demás habían interpretado el código de las 9:00 a.m. como las 10:00 a.m., y pensaron que podían llegar a las 10:15 a.m. sin perder lo más importante. Como siempre, se empezó con los que habían llegado y se llenó con los demás invitados dentro de una media hora más. El tiempo se vuelve blando y altamente flexible.

 

Un intento por superar esa situación ha sido la introducción de la frase: “hora exacta. Se le ve escrita en invitaciones a reuniones, conferencias, presentaciones, etc. Quiere decir que el margen de tolerancia es menos que lo normal y que se espera que los invitados lleguen con no más de treinta minutos de tardanza. A veces se escucha “hora inglesa” para enfatizar la intención de empezar más temprano de lo acostumbrado, pero todavía no a la hora citada.

 

Otro código que uno debe entender para sobrevivir es la palabrita: “ahorita”. He concluido que es más una expresión de deseo que de intento. “Llego ahorita, estoy en camino” tiene una infinidad de significados, desde “recién estoy saliendo, llego dentro de una hora”, “estoy en otra reunión y no sé cómo escapar” hasta “estoy terminando otras cosas que son más importantes, pero todavía tengo la intención de llegar”. Es una forma de evitar vocalizar que uno está retrasado, o que no va a llegar a tiempo.

 

Estoy por llegar” le dijo una señora que conozco a su hija, al recibir una llamada de ella para decirle que la estaba esperando fuera del colegio. El detalle es que su hija la estaba llamando al teléfono fijo de la casa.

 

“Lo hago ahorita”, puede significar “estoy casi por terminar”, pero igualmente se puede traducir como “déjame en paz”, o “no lo he hecho, sé que debo hacerlo pero no tengo idea cómo lo voy a hacer”. Es otra expresión de la cultura en la cual es más aceptado no cumplir con el compromiso –al menos a tiempo o en su totalidad-, que decir “no” frente a un pedido de apoyo.

 

“Ahoritita” lleva el deseo a otro nivel emotivo, pero no necesariamente se ve la correlación entre el deseo y la realización. Más es para sentirse mejor sabiendo que uno tiene el deseo de cumplir, pero no la posibilidad de hacerlo.

 

Cabe reconocer que a veces llegar tarde tiene una justificación válida, sobre todo en el campo y por hechos relacionados con el clima. Por ejemplo, un tronco ha caído en el río y no había pase, hubo un derrumbe en el camino, caía una fuerte lluvia y el camino se puso resbaloso, etc. En un trabajo con comunidades mayormente agrícolas, es lógico que uno deba adecuar los planes a esa realidad. Pero decir que hubo mucho tráfico en el zanjón es otra cosa, porque la realidad es que hubo mucho tráfico ayer, al igual que la semana pasada, y habrá mucho tráfico mañana y pasado. Salirse tarde no vale como excusa.

 

Habiendo dicho todo eso, debo confesar que no siempre llego a la hora; sin embargo, sigo con el código de Inglaterra muy internalizado, que permite una tolerancia de diez minutos, no más. Hace varios años atrás, llegué 15 minutos tarde a una cita y mi enamorada se había ido. Mis padres son de lo más puntuales, hasta llegan antes de la hora y tienen una expresión muy especial para cualquiera que llegue tarde.

 

A pesar de ello, después de dos o tres años en Perú empecé a adoptar los hábitos de los demás y llegar hasta 15 minutos tarde, a sabiendas de que nadie más iba a estar a la hora indicada. Me costaba y todavía me cuesta hacerlo, porque tengo un sentido de culpa de que estoy yendo en contra de lo correcto, de que uno debe esforzarse para mantener el valor de la puntualidad.

 

Pero el choque fue trasladar el nuevo hábito a Inglaterra. En una visita hace unos años atrás, llegué con treinta minutos de retraso a un almuerzo y todos ya estaban comiendo el postre: “No estás en Perú ahora”, me reprendieron. Por allí todavía no ha llegado la hora blanda. 

 

16 de noviembre del 2008

 

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