Polladas y la solidaridad peruana

Cuando era joven, aprendí a dividir la vida en tres partes: primero los estudios o el trabajo, segundo la vida de Iglesia y el tiempo con Dios, y tercero el tiempo con la familia,  la vida social y el tiempo libre. Es cierto que la división no era absoluta. Por ejemplo, se iba a la iglesia con la familia, se trabajaba de vez en cuando los fines de semana; sin embargo, eran pocas las veces en que un compartimiento de la vida invadía a otro. Uno podía garantizar sus fines de semana para divertirse, y la agenda social se planificaba con tres semanas de anticipación.

Foto: 2.bp.blogspot.com

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El derecho a mi tiempo libre es algo con el cual crecí, nunca lo había cuestionado y lo tenía tan internalizado que estaba casi al mismo nivel que el derecho a la vida o el derecho a una vivienda.  Y nadie podía quitármelo.

 

Llegué al Perú y tuve un choque de culturas.

Después de un par de meses en Moyobamba me pidieron que apoyara en una charla un sábado en la tarde. Mi primera reacción: “¡Pero es sábado -mi tiempo libre! Lo voy a pensar y te confirmo”. Bueno, respetamos las costumbres del gringuito (apático), es un voluntario acá y no se le puede exigir tanto. Segunda vez, la misma reacción; hasta que empecé a percatarme de cierta frustración por parte de las personas que me pedían el favor. Al mismo tiempo, observé que los demás, dentro de la oficina o la iglesia, estaban andando de arriba abajo en su “tiempo libre”, apoyando con clases, talleres, polladas, visitas, tareas de los hijos, etc.   

Al reflexionar, tengo dos pensamientos principales…

Primero, la división entre los diferentes “ámbitos” de la vida, al igual que la división griega del ser humano en cuerpo, espíritu, mente y alma, es algo antinatural. La persona es una sola y la vida es una sola.  En el Perú, o al menos en nuestra oficina en Moyobamba, se ve a los hijos de los trabajadores corriendo por los diferentes ambientes; la Iglesia organiza paseos y reuniones sociales; y la gente pasa la mayoría del tiempo fuera del trabajo con la familia. La responsabilidad dentro del trabajo no se limita a lo laboral, y el compromiso con los demás no se restringe a las personas que uno conoce bien. Por esas y muchas otras razones -que tienen que ver con cuestiones económicas y de planificación, entre otras-, el tiempo libre, o el tiempo para hacer lo que uno quiere, es un lujo de unos cuantos.

Segundo, me di cuenta de que si uno puede apoyar a la otra persona, y no tiene otro compromiso, uno simplemente lo hace. La respuesta por defecto es aceptar la solicitud de apoyo, sin dar más vueltas al asunto. Es impensable decir que uno tenía previsto descansar en casa viendo televisión, al igual que apelar al derecho del “tiempo para uno mismo”. Obviamente, a veces eso llega a extremos y a unas personas les haría bien pasar más tiempo descansando para recuperar su salud -física y mental-  o estar más tiempo con su familia. Sin embargo, la disposición de apoyar es algo muy fuerte e inherente en las relaciones sociales.  

 

Eso es parte de la solidaridad peruana.

 

Una expresión de ella por excelencia es la pollada y sus variantes. Al inicio, cuando me ofrecían un “ticket”, declinaba, pensando que quizá comería otra cosa ese día, o que iría de viaje. Igualmente, me parecía que la gente invertía tanto tiempo y esfuerzo y ganaba tan poca plata, que ¡realmente no valía la pena!

 

Unas polladas más tarde, me abrieron los ojos. Sí vale la pena apoyar para recaudar S/.500 en una “pollada pro salud”, no solamente para la persona en necesidad sino también como un acto comunitario de acompañar a la familia que está pasando dificultades, una expresión práctica de amor. Sí vale la pena apoyar a los jóvenes de la iglesia en su picaronada, no solamente para que puedan comprar una guitarra, sino también para mostrarles que son una parte importante de esa familia, y que pueden tener éxito en lo que hacen.  

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Foto: salvadorgaviota2.spaces.live.com

 

 

Otro ámbito donde se expresa esa solidaridad comunitaria es en los velorios. Me acuerdo de un jueves que falleció la mamá de un joven de la iglesia. En la reunión de jóvenes esa misma noche se les informó a las personas presentes y se les invitó para que visitara la casa de dicho joven. Apenas lo conocía, y pensaba regresar a casa: “¿qué le iba a decir a él y a su familia?”.  Sin embargo, me persuadieron para que fuera “para acompañarlo”. 

 

Allí, no tenía un rol especial, no tenía palabras especiales, me acerqué no más para darle la mano; pero entre los familiares, los vecinos, los colegas del trabajo y los hermanos de la iglesia entendí el rol de la mayoría de nosotros. Simplemente estar. Lo importante era estar. En momentos así, uno simplemente necesita saber que no está solo en el duelo. Igual en la procesión del féretro desde la casa hasta el cementerio, unos están allí por haber conocido al fallecido, otros simplemente por solidaridad con la familia.

 

Esa solidaridad permite que la vida continúe y la comunidad se fortalezca. 

En ese contexto también veo la lucha por la justicia. La justicia no es solamente un ideal, un principio genérico, sino es la búsqueda por parte de personas, individuos y comunidades de sus derechos y de corregir un abuso del pasado. Los familiares de los estudiantes ejecutados en la universidad “La Cantuta” en 1992, o de las víctimas de la masacre de Putis en 1984, tienen una lucha constante. Acompañarlos en momentos de aniversarios, en ceremonias de conmemoración, vigilias, etc. no es sólo un acto de solidaridad con la causa, sino con las personas afectadas, las que han sufrido tanto. 

Hay un sinnúmero de otras expresiones de esa solidaridad peruana, que, en medio de tanta corrupción, violencia, conflictos sociales etc., es importante rescatar como un valor transformador, tan peruano como el pisco, el ceviche, la papa, etc.

 05 de noviembre del 2008

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